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martes, 02 septiembre 2014
Por fortuna, para el actual gobierno la ciencia ha dejado de ser algo exótico, de elite.  
Escrito por Vicente Battista
Hay cierta política y ciertos políticos que se llevan a palos con la ciencia.

UN ARMA CARGADA DE FUTURO

Por Vicente Battista

 

“La ciencia fue siempre considerada algo exótico, de elite”, dijo Adrián Paenza en una nota publicada en Página 12. Se refería a la ciencia en la Argentina y, por supuesto, no se equivocaba. Incluso, podría agregarse: “se consideraba algo peligroso”. Hay cierta política y ciertos políticos que se llevan a palos con la ciencia. Recordemos al dictador Onganía provocando el exilio masivo de los más notables catedráticos argentinos; más cerca en el tiempo, es imprescindible no olvidar el alto número de investigadores asesinados y desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar y, ya en democracia, no está de más recordar a ese superministro que muy suelto de cuerpo y con tonada cordobesa aconsejaba a los integrantes del CONICET que cesaran de exigir mejoras y fuesen a lavar los platos, que era lo que mejor les cabía.

 

Por fortuna, para el actual gobierno la ciencia ha dejado de ser algo exótico, de elite. Hace unos días, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner inauguró Tecnópolis, una formidable ciudad científica, de aproximadamente 50 hectáreas, que se alza al borde de la avenida General Paz, entre Constituyentes y Balbín, en Villa Martelli. "Quiero convocarlos con mucho orgullo y dignidad —dijo— porque este gobierno, nuestro gobierno, ha tomado la decisión de privilegiar el talento, la inteligencia, la educación, la ciencia, la tecnología como los verdaderos motores que van a permitirnos profundizar este proceso de transformación y distribución del ingreso. Esto es una invitación al futuro, a pensar el país de una manera diferente". 

 

Más de doce mil personas trabajaron sin descanso para que esta muestra se hiciera posible. Como se recordará, estaba pensada y diseñada para montarse, el 19 de noviembre de 2010, en la avenida Figueroa Alcorta, a la altura de la Facultad de Derecho. Era el sitio ideal, aunque no para el ingeniero Mauricio Macri. Cuando el gobierno central pidió la necesaria autorización, el jefe de gobierno de la ciudad la negó. Con mirada severa y gesto adusto, argumentó que esa muestra, destinada a exhibir la historia de 200 años de ciencia en la Argentina, iba a entorpecer el tránsito de avenida Libertador. Una razón contundente que, sin embargo, no impidió que algunos meses antes autorizara a que cierto pastor estadounidense, con el sacro propósito de esparcir su mensaje divino, clausurase la totalidad de la avenida 9 de Julio. Aquella vez, el ingeniero Macri no dudó: otorgó el permiso, que una cosa es la ciencia y otra la fe. La ciencia complica el tránsito, la fe no.

 

Teniendo en cuenta los porcentajes de las últimas elecciones para el gobierno de la ciudad, podría argumentarse que el 47% de los porteños también habrían rechazado levantar Tecnópolis en la Capital Federal. Sin embargo, no es así. Muchísimos hijos y nietos de esos padres y abuelos que con fe de carboneros eligieron al PRO, seguramente ahora estarán preguntando: “Papá, abuelo, ¿por qué votaron a ese señor que impidió que  disfrutásemos de Tecnópolis?”

 

Los chicos porteños ya se han enterado de que la muestra es una maravilla. Saben que en uno de los muchos domos podrán conocer el momento exacto en que ocurrió el Big Bang, saben que desde el comienzo del universo podrán saltar hasta un remoto rincón de la Antártida y ahí percibir los siete grados bajo cero del continente blanco. Saben que podrán jugar al metegol con robots o que por medio de luces y sonidos podrán recrear la aventura de un viaje espacial. Cada domo es una nueva aventura, en todos los casos, ligada al conocimiento, desde ver de qué modo se manipulan las estructuras de las moléculas y los átomos, hasta cruzarse con un dinosaurio o aprender los principios elementales de la física y de la astronomía.

 

Habrá que tener en cuenta que esos chicos porteños a los que Macri les negó Tecnópolis, dentro de cuatro años estarán en condiciones de votar. Estoy seguro de que ese día, muchos de ellos prescindirán de los globitos de colores y, en cambio, recordarán la censura del jefe de gobierno de la ciudad. No hay que olvidar que también la política es un arma cargada de futuro. 

 

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